LINEAS DEL METRO CDMX

Un paraguas en San Antonio

Por José Mario Esparza Cárdenas.
Relatos Cortos del Metro de Ciudad de México CDMX

Otra tarde lluviosa en la ciudad, en un día en el que aparentemente no llovería, pero la playera empapada y los zapatos escurriendo agua a cada paso que doy parecen recordarme con un tono de burla que aparentemente sí llovió. Bajo tan rápido como puedo y me permiten las suelas resbalosas de mis zapatos para intentar alcanzar el vagón; suena la sirena y no me es posible acelerar, y en el último paso, las puertas se cierran justo frente a mi nariz, que, siendo positivo, es mejor que justo en mi nariz.

Suspiro mientras miro a un lado de otro de la estación y el metro inicia su marcha. En parte para verme casual, en parte para asegurarme de que nadie haya visto mi bochornoso intento de entrar al vagón, como si la gente estuviera al pendiente de cada uno de mis movimientos. Son las 7:30 de la noche en Mixcoac y empieza a darme frío.

No pasa mucho tiempo cuando tengo una nueva oportunidad de subir a un vagón, esta vez sin una carrera de por medio. Tras dejar que los pasajeros bajen paso y, aunque hay varios lugares vacíos, el charco de agua que se forma bajo mis pies me convence de que lo mejor es ir parado, con una actitud tranquila, disimulando durante todo mi recorrido. «Ya nada podría ir peor» pienso, de forma prematura, pues al llegar a San Antonio, ella sube. Ella, que no tendrá nombre en esta historia, por más que quisiera ponerle uno, puesto que una parte de mí está convencida de que sea el que sea que elija, su verdadero nombre será y sonará mejor. Entra al otro lado del vagón, despacio, y noto de inmediato que, así como yo, está empapada.

Sonrío levemente, mientras ella voltea discretamente de un lado a otro, bajando la mirada en ocasiones. De pronto, nuestras miradas se encuentran. Me sorprendo por la inocencia que transmiten sus ojos y en uno de mis clásicos momentos, me siento completamente avergonzado y desvío la mirada al frente, donde una señora mayor me observa con una mezcla de curiosidad y desprecio, mientras golpetea el piso del vagón con su paraguas. Encantadora.

Volteo nuevamente, buscándola. Esta vez es ella la que, descubierta, desvía la mirada. La veo un momento antes de voltear de nuevo al frente, pero algo me pide, me exige voltear una vez más. Nuestras miradas se encuentran, pero esta vez ninguno de los dos desiste. Nos vemos fijamente, con cierta timidez, mientras tímidas sonrisas se dibujan en nuestros rostros. Ella se acomoda el cabello y yo, por alguna razón, me aclaro la garganta. Mientras nos acercamos a Tacubaya, un repentino valor se apodera de mí, convenciéndome de caminar hacia ella. La sensación de valor oculta por poco tiempo la sensación de frío y entumecimiento que no me permite moverme tan rápido como quisiera, mientras el tren se detiene en la estación y ella, sacada de un trance, se da cuenta de que ésta es su parada. Como puedo, avanzo a través del vagón y la gente sólo para llegar a la puerta que, oh recuerdos, se cierra frente a mí. Nos observamos una última vez y mientras ella sonríe, el tren emprende la marcha. Una leve risa escapa de mis labios mientras niego con la cabeza. Desde el fondo del vagón, escucho una risa burlona y un golpeteo en el piso.

Debí haber traído un paraguas.

José Mario Esparza Cárdenas

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